Pedro Simón ha sabido plasmar las vivencias con sus sentimientos de la vida rural. Muchas personas se verán reflejadas porque lo hace natural, sin pretensiones de exagerar en los personajes. Los silencios, las palabras mudas que quedan en los labios sin ser nunca pronunciadas de los años 70 en el mundo rural. Esa frialdad en las relaciones. El ir de pueblo en pueblo por el trabajo de su madre, que es maestra, David quiere echar raíces, pero un niño no decide. Su padre, que los abandona por largas temporadas dejándolos solos, sin que nadie explique por qué no vuelve papá, se pregunta David.
Este libro, de forma sencilla, nos hace reflexionar sobre nosotros mismos y sobre todas las personas que forjaron nuestra niñez: familia, amigos, colegio.
¿Somos agradecidos con las personas que todo lo han dado por nosotros? Es una de las preguntas que puede plantear el libro, pero al mismo tiempo podemos también dar con una respuesta.
Emerita perdió a su hijo y lo sustituye por David. Si esto es así, ¿cambia el hecho de que David debería estar agradecido o no?
Sin duda, lo recomiendo.


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